—La amas, necesitas su amor para vivir.
Y mi desesperación me decía:
—Amparo no te ama.
Entonces blasfemaba yo.
—¡No hay Dios, decía!
. . . . . . . . . . . . . .
Fui a verla.
Habían pasado ocho días desde mi visita de vuelta de viaje.
Tiré con fuerza de la campanilla y me hice anunciar.