—Cargo: recibido de doña Amparo, cuatro mil reales.
No pude contenerme: mi irritación estalló; mi administrador es un asesino: apuré con él la suma de los dicterios conocidos y por conocer y le destituí.
Amparo se engrandecía a mis ojos.
No puedo decir que me humillaba su dignidad, porque la amaba de tal modo que su dignidad era la dignidad mía; pero la posición en que ella se había colocado respecto a mí me desesperaba.
¿Con que lo que únicamente había hecho por ella había sido darla la mano, ayudarla a salir de la precaria situación en que se encontraba? ¿Con que sólo me debía agradecimiento? ¿Con que el mayor trabajo de la obra de su transformación había sido suyo?
El dinero es la piedra de toque del corazón humano.
Amparo había arrancado de en medio de entre nosotros dos el dinero.
Amparo se había colocado delante de mí a una inmensa altura.
Elevándose, elevó ante mis ojos a la mujer, a la humanidad, y me obligó a confesar que existía la virtud sobre la tierra.
Y mi corazón y mi cabeza me decían: