—Fui el primero de enero con cuatro mil reales...
—Pero no constan.
—Es que doña Gregoria no los quiso recibir.
—Es usted un torpe.
—Yo puedo sacar a un deudor la cerilla de los oídos y se la saco, si no encuentro otro medio de cobrar, para lo cual soy muy listo; pero no se me ocurre que haya en lo humano un medio para hacer tomar dinero a una persona que no quiere tomarlo; lo cual afortunadamente es muy raro.
—Pero ¿qué razones dio a usted doña Gregoria?
—Con las palabras más dulces del mundo, deshaciéndose en elogios y en palabras de agradecimiento hacia usted, me dijo que la señorita Amparo, ayudándola en el cuidado de las niñas del colegio, ganaba lo bastante para sus necesidades.
No supe qué contestar. Amparo volvía a hacerse superior a mí.
Mi administrador continuó impasible relatándome sus cuentas.
Al fin en las de dos años antes, leyó lo siguiente: