Fui a ver al padre Ambrosio algunos días después.

Cuando entré en la casa de vecindad, al primero a quien pregunté me indicó la puerta del aposento del exclaustrado.

Al asomar a ella, di un paso atrás.

Le había sorprendido... mondando patatas.

Pero ya era tarde.

El padre Ambrosio me vio, se levantó, dejó sobre una pequeña mesa el plato donde tenía las patatas mondadas, y me salió alegremente al encuentro; con timidez sí; pero no con una timidez de vergüenza, sino con su timidez característica.

—¡Ah!—exclamó—usted por aquí, cuanto me alegro. Yo debiera haber ido a verle a usted.

—¡Oh! de ningún modo.

—Sí, sí, pero no me he atrevido.