—Ha hecho usted muy mal en no... atreverse.
—Dejemos, pues, estos cumplimientos: yo me alegro mucho de verle a usted: ¿y cómo le va a usted...? Siéntese usted aquí en el sillón..., póngase usted el sombrero..., así...: ¿y qué me dice usted de nuestra hija? añadió sentándose en una vieja arca: es un prodigio...; a mí ha acabado por hacerme feliz, me ha regenerado... ¡qué niña, Dios mío, qué niña! Ya puedo morir tranquilo, porque Amparo no necesita ya de nadie, de nadie más que de Dios.
—¡Me pregunta usted qué pienso de Amparo! contesté: con usted puedo ser franco: pienso lo que piensa un hombre de una mujer que realiza todos sus sueños, todos sus deseos, todas sus aspiraciones: de la mujer a quien ama.
—¡Ama usted a Amparo! exclamó el padre Ambrosio poniéndose mortalmente pálido.
—Sí; la amo con toda mi alma.
—¿Y se lo ha dicho usted?
—No, ni se lo diré nunca.
Se tranquilizó el padre Ambrosio.
—Yo había previsto desde hace mucho tiempo, me dijo, que usted acabaría por amarla, y me halagaba la esperanza de que mutuamente se harían ustedes felices. El amor en usted le vi yo nacer hace seis años y... pero a que soñar... Amparo no sería feliz con usted.
—¿Ama acaso a otro?