—Yo creo que sí.
—Yo también lo he creído.
—Sufre... Algunas veces la he sorprendido llorando, y he comprendido la causa de sus lágrimas: he comprendido que estaba enamorada. Un día la sorprendí mirando un retrato.
—¡Un retrato! ¿pero de quién?
—No lo sé. Al verme se puso vivamente encarnada, se volvió y ocultó el retrato en el pecho. Yo nada la pregunté, nada la dije; Amparo, con la fuerza de voluntad que Dios la ha dado, se serenó, y nada me dijo del retrato, ni de mi sorpresa involuntaria; dejé pasar algunos días, y a la primera confesión la dije:
—Tú sufres, Amparo.
—Tengo el alma triste, me contestó.
—¿Tienes triste el alma porque amas?
—Yo... No señor... No amo a nadie: yo no puedo amar: yo no daría a mis hijos una madre sin nombre.
—Sé franca conmigo, repuse: ¿amas acaso a tu protector?