—¡Que si le amo...! Ya se ve que le amo, me contestó con la mayor naturalidad: acaso ¿no es mi padre?

—No, no me refiero yo a ese amor, sino a otro más íntimo: el amor que tiene una mujer al hombre de quien desearía ser esposa.

—No, no le amo así, ni le podría amar nunca de ese modo; me lo impediría el respeto que me inspira.

—Pues, si no amas a tu protector, ¿a quién amas?

—A nadie.

—¿Y el retrato que ocultaste al verme el otro día?

—¡Ah! ¡el retrato de mi madre!

—El retrato de su madre, exclamé interrumpiendo al religioso; pues qué, ¿ha encontrado Amparo a su madre? ¿Habrá alguna razón que la impida...?

—Lo mismo la pregunté; pero ella me contestó: es el retrato fantástico de mi buena madre, con quien sueño todas las noches; en quien pienso todos los días; un rostro que yo he dibujado recordando mis sueños... Mañana le verá usted.

No supe qué contestar.