La hacía llorar la vista de la reproducción material de un fantasma.

En efecto, al día siguiente me mostró una bellísima cabeza de mujer como de cuarenta años, y había allí algo... en el semblante triste de aquel fantasma estaba el alma de Amparo.

Calló el religioso, y yo quedé profundamente pensativo.

Me había dado a conocer un nuevo rasgo del carácter romancesco de Amparo.

—Pues bien, si ella no puede amarme, le dije, continuaré comprimiendo dentro de mi corazón el amor que me inspira: procuraré que no salga delante de ella ni en mis palabras, ni en mi mirada, ni en mi semblante la más leve manifestación de ese amor. Si no puedo vencerle, volveré a mis viajes.

—Mucho me temo que no sea ella la primera en apartarse de nosotros.

—¡Cómo!

—Ella ama: estoy seguro de ello: y ama con toda la vehemencia, con toda la firmeza de su alma: una de dos, o la persona a quien ama no repara en ella, o no pertenece a esta vida. Amparo... acaba de decírmelo hoy por la mañana, está resuelta a meterse en un convento, y me ha mandado practicar las primeras diligencias.

—¡Oh! No, de ningún modo, exclamé. ¡Monja! ¡Monja Amparo! No puede ser.

—Ya es tarde, me dijo: es necesario decir a usted toda la verdad. Iba a decírsela a usted; pero al revelarme usted que la amaba... temblé... callé, no me atreví...; pero... en quince días que han pasado desde que la vio usted por última vez, Amparo ha entrado en un convento, y dentro de tres días más debe tomar el hábito de novicia. Esta mañana me dio esta carta para usted. ¿Comprende usted ahora por qué no me atrevía a ir a su casa?