Yo estaba aterrado, y apenas pude leer una carta que me dio el padre Ambrosio, y que contenía estas palabras:
«Convento de.... Perdone usted si por mí misma he tomado tan grave resolución. Yo no podía permanecer más en el mundo, y usted se opone formalmente a que yo entre en el claustro. Perdóneme usted otra vez. Pero mi corazón necesita paz y he venido a buscarla a esta santa casa.—Su siempre agradecida. Amparo.»
Sin despedirme del padre Ambrosio salí comprimiéndome las sienes con las manos.
Mi cabeza se rompía.
Aquella carta había sido para mí un golpe de muerte, y apenas pude salir a la calle.
No sé lo que me sucedió: sólo recuerdo que al volver en mí me encontré en un lecho extraño rodeado de una familia desconocida, y con un médico a la cabecera.
Mi indisposición había sido un accidente pasajero.
Muy pronto, a consecuencia de los auxilios que se me prodigaron, volví al uso de mis facultades.
Me encontré en la trastienda de una barbería.
Una buena mujer me aplicaba a las narices un paño mojado con vinagre.