Su marido, lanceta en mano, estaba a punto de sangrarme.

Impedí que lo hiciese, y les rogué que me procurasen un carruaje.

Aquella buena gente me sirvió de la manera más solícita, y se negó de todo punto a recibir la gratificación que yo les ofrecía.

Es un bello rasgo, exclusivo de los españoles, el negarse a recibir una recompensa cuando creen que han debido hacer lo que han hecho, y este hecho se refiere a la caridad.

Es una bella manera de igualar al pobre con el rico.

En esos casos la palabra gracias del fuerte, vale tanto como el Dios se lo pague del desvalido.

Esto suponiendo, que el rico que da las gracias tiene corazón.

Yo adoro la caridad: los hombres que tienen caridad son mis hermanos.

. . . . . . . . . . . . . .

Débil, con la cabeza llena de una vaguedad febril, con el corazón fuertemente agitado, fui conducido a mi casa, donde hube de meterme en cama.