El efecto que había causado en mí la resolución suprema de Amparo, mi terror por perderla, mi ansiedad, mi duda acerca de recobrarla, me decían claro que Amparo había llegado a constituirse para mí en ese ser que es la mitad de nuestra existencia.

Sentía en el corazón un vacío doloroso; una hambre aguda, permítaseme esta frase, vacío que sólo ella podía llenar, hambre que sólo ella podía extinguir.

Nunca mi voluntad luchó tan poderosamente contra una dificultad que casi tenía para mí el carácter de un imposible.

Amparo huía del mundo y se encerraba con la desesperación de su misterioso amor en un convento.

Yo me desesperaba: yo tenía celos de un fantasma: yo aborrecía al hombre que Amparo amaba.

Ninguna solución me venía al pensamiento bastante a consolarme, ya que no a curarme de mi desesperación.

Yo, como todos los desesperados, como todos los vencidos, me hubiera creído feliz con muy poco: con vivir a su lado como su hermano.

Este tímido deseo me inspiró un pensamiento, y la inspiración de este pensamiento llevó mi mano al cordón de la campanilla, del que tiré fuertemente.

—Vaya usted mismo al instante, dije a mi ayuda de cámara, a la calle tal, tal número, tal cuarto; diga usted al padre Ambrosio que deseo verle al momento, que estoy enfermo, que le espero con impaciencia; lleve usted un carruaje, y tráigase usted al padre Ambrosio.

Media hora después, el exclaustrado entraba en mi alcoba.