Acercose a mí con la más viva solicitud.

—¡Oh! ¡Dios mío!—dijo, comprendiéndolo todo—¿con qué tanto la ama usted?

—Amparo me ha convertido en un niño—le respondí.

—¡Que feliz hubiera sido amándole a usted!

—No pensemos en eso. Le he llamado a usted, no para hablarle de mi amor, sino para pedirle que me ayude, que me auxilie.

—¿Y en qué? ¿Cómo?

—Yo comprendo que Amparo ha entrado en el convento desesperada.

—Es verdad: Amparo que nada espera en el mundo, se ha arrojado sollozando en los brazos de Dios.

—Pero Dios está en todas partes.