—Indudablemente.
—Por ejemplo: en mi casa puede encontrar a Dios como en el convento.
—Y ¿de qué modo puede estar Amparo en su casa de usted sino como su esposa?
—Cabalmente: eso es: quiero casarme con ella.
Volvió a ponerse pálido el padre Ambrosio como cuando le dije que la amaba.
—Si usted pide a Amparo su mano—me dijo gravemente—se casará con usted: si usted la abre sus brazos, se arrojará en ellos... pero ¿olvida usted que ella ama?... ¿Que ella al ser de usted apurará un sacrificio mortal? ¿No ha comprendido usted a Amparo?
—Sí; y del mismo modo que la comprendo a ella, quisiera que usted me comprendiese.
—Comprendo que la ama usted, que la desea, que quiere casarse con ella.
—Quiero darla únicamente mi nombre, y con mi nombre, mi posición; quiero arrancarla de la exageración del claustro; si desea soledad, en mi casa la tendrá; independiente de mí su habitación, si lo desea, será una especie de celda; si acepta mi brazo, si me presta el suyo, nos apoyaremos el uno en el otro; seremos hermanos. Su virtud estará a cubierto de toda murmuración, sin que ella se vea reducida a un encarcelamiento eterno, a prácticas fatigosas, a rivalidades y a pasiones de mujeres irritadas por el secuestro, desnaturalizadas, convertidas en un ser de distinta especie por el aislamiento. Amparo tiene el corazón demasiado grande para que no sufra comprimido por los caprichos monjunos y por las mil penalidades sordas y continuas del claustro; en una palabra: Amparo se ha arrojado en una tumba, y es necesario sacarla de ella antes que la tierra de esa tumba la cubra y la sofoque. Es necesario que Amparo sea mi hermana y que viva a mi lado bajo el pretexto de que es mi mujer.
—¿Y está usted seguro de que un día no se irritará su amor y abusará en su posición? ¿Sabe usted el inmenso sacrificio que será para Amparo pertenecer a un hombre a quien no ama?