Y se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.
Pero de una manera desconsolada, como si su alma entera se exhalase en aquel llanto.
—Pero—me dijo entre sus lágrimas—a usted le amo también: le amo de una manera profunda; como a mi hermano... más... más aún... como amaría a mi madre... por hacerle a usted feliz daría mi vida... y cuando el padre Ambrosio me dijo que quería usted casarse conmigo...
—¡Te aterraste!
—No, no: en el momento de hacerme el padre Ambrosio la proposición en nombre de usted, me dije: se casa conmigo por caridad: por arrancarme de esta sepultura a que he venido desesperada: en él la caridad es la vida: no amarguemos su vida y consentí. Pero cuando me quedé sola se me ocurrió que tal vez podría haber en usted más que caridad: acaso me ame, pensé: si me ama... yo le pertenezco, yo soy suya, yo debo amarle.
—¿Y tu amor?
—¡Es verdad! por eso debíamos hablar con franqueza y hemos hablado: en mí hay dos amores: uno puro, desinteresado, noble, profundo: el que usted me inspira: mi amor antes de hija, ahora de hermana: el otro amor es un desdichado amor, sin esperanza: un amor que enluta mi alma y la desespera: si un día me sorprende usted llorando, no lo extrañe usted: yo cuidaré mucho que los extraños no vean el dolor en mi semblante; todo el mudo me creerá feliz, y lo seré, en efecto, al lado de usted; pero... permítame usted que llore alguna vez por mi amor perdido; por el amor del hombre que Dios no me ha querido conceder. Esto no debe serle a usted doloroso, porque no me ama sino como un hermano; no puede usted temer que el objeto de mi amor manche su nombre, porque es imposible, de todo punto imposible que pueda mancharle.
—Me harás amar por ti a ese fantasma: fantasma para mí puesto que ha muerto y no sé ni quiero saber su nombre.
—¡Oh, sí! yo le amaré siempre, siempre, con toda mi alma. Usted no tendrá celos, ¿no es verdad?
—Siento únicamente que ese hombre haya muerto... porque al fin, viviendo él, hubieras sido su esposa...