—Sí, hablemos con franqueza—la dije.

—Pues bien: he amado a un hombre.

—¿A un hombre digno de ti?

—¿Digno de mí! ¡digno de ser adorado, digno de una felicidad que le ha negado Dios!

—¿Joven?

—Joven y hermoso.

—¿Y él te amaba?

—Sí—me contestó, con su triste sonrisa habitual.

—¿Y entonces... por qué no os habéis casado?

—¡Ha muerto!—exclamó Amparo.