—Luis: ¿me ama usted?
—¡Yo! ¡no!—la contesté sonriendo, porque había adivinado la pregunta y me había preparado.
—¡No! es decir... que se ha casado usted conmigo... ¡por... caridad!
—Amparo, hija mía—la dije—tu gran corazón te atormenta: ¡crees que he hecho un sacrificio inmenso... que te he sacrificado mi libertad! no... te engañas: estoy muerto para el amor, para ese amor ardiente que nos embriaga y nos arroja a los pies de una mujer... no, hija mía, no; eres demasiado pura para que mi corazón, gastado ya, pueda amarte más que con ese otro amor desinteresado de la amistad; si no hubieras pretendido entrar en un convento, yo... nada te hubiera propuesto: te hubiera tratado como un hermano y nada más: el día en que te hubieras casado con un hombre de tu elección hubiera sido completamente feliz. Pero te obstinabas, no sé por qué en ser monja: habías dado un paso decisivo, y era necesario dar otro paso contrario, decisivo también; me daba miedo tu resolución... tú estabas sin duda desesperada...
—No—me contestó tristemente.
—Tú has amado, Amparo; amas.
—¿Es decir que somos hermanos...? ¿que es usted tan generoso que no mira en mí siempre más que a la pobre Amparo?
—No hay en mí generosidad, más hay afecto.
—Pues bien: si somos hermanos, podemos hablar con franqueza.
Yo la observaba y vi que su frente se había serenado.