—Nada me importa eso: lo que me estremecía era que sin vocación...

—¡Y se ha sacrificado usted por mí...! ¡se ha imposibilitado de ser feliz mañana...! ¡si encuentra usted una mujer que le enamore...! ¡vamos no sé en qué he estado pensando...! ¡yo no he debido...! ¡si por un acaso...! ¡pero no... no puede ser...!

Acercó un sillón al mío y me dijo pálida y conmovida.

—Estamos en una situación solemne, Luis: en una situación en que acaso no se han encontrado dos personas solas: debemos ser francos... ¿Será acaso?

Y se detuvo.

—Continúa, continúa; parece que te cuesta trabajo lo que me vas a decir.

—Sí, sí; lo confieso; pero es preciso, es mi deber: habiendo llegado al punto en que nos encontramos, es necesario que yo sepa... lo que debo hacer para...

—¿Para qué?

—Para ser digna de tanto beneficio.

Y luego haciendo un supremo esfuerzo añadió de una manera penosa: