—¡Que feliz soy, Luis!

Era la primera vez que Amparo pronunciaba mi nombre de una manera tan familiar.

Ahora recuerdo que es también la primera vez en que yo le escribo en estas memorias.

En efecto, yo me llamó Luis.

Admirome aquella tranquilidad, aquella familiaridad, aquella sonrisa, aquel no sé qué seductor, incitante que emana de ella.

Sin duda Amparo había tomado su partido aceptando por entero el sacrificio.

Este pensamiento me desgarró el alma.

Sin embargo me mantuve firme.

—Yo también soy feliz—la dije—yo necesitaba el afecto desinteresado, noble y puro de una hermana, y le tengo en ti.

—¡Oh! yo le amo a usted como si fuera mi padre... ¡y cuánta generosidad, Dios mío! ¿Cómo no ha retrocedido usted ante la idea de que el mundo donde vive pretenda averiguar quién soy y de dónde vengo?