Todo en ella para mí era ardiente.
Era un ángel de fuego que me precedía, me llevaba, me arrastraba, no sabía a donde.
Ahora ya lo sé.
Ese ángel divino me ha traído a una casa de locos.
. . . . . . . . . . . . . .
Volví a su lado perfectamente tranquilo.
Es decir fingiendo de una manera perfecta una perfecta tranquilidad.
Ella estaba sentada en un sillón junto a la chimenea y arreglaba tranquilamente el fuego.
Cuando me sintió se reclinó en el sillón, y me dijo sonriendo, con la cabeza echada atrás sobre el respaldo: