Luego la vi alzarse lentamente, arrancarse su corona de rosas, y luego irse despojando de sus joyas, de sus ropas; vi enteramente su hermoso cuello: sus redondos hombros; luego su cabellera destrenzada agrupándose de una manera maravillosa a ambos lados de su semblante; al fin se volvió y se alejó lentamente; se abrieron las cortinas de la alcoba y volvieron a cerrarse.
Amparo había desaparecido; la fascinación había cesado, y volví a sentir la vida real.
A mi vez me retiré en silencio y me acosté.
Me acosté para apurar una horrible noche de fiebre y delirio.
. . . . . . . . . . . . . .
¿Por qué había yo encontrado seis años antes, sola en medio de la noche, recogiendo trapos a aquella niña?
¿Por qué me había causado compasión su miseria?
Yo maldecía mi caridad; la caridad que tan feliz me había hecho, y que tan feliz había hecho a Amparo.
Y me decía:
«La caridad es una debilidad; la caridad es la manía de los imbéciles; la caridad se vuelve contra quien la practica.