¿Por qué sentí caridad hacia Amparo?
Porque era un insensato.»
Al día siguiente Amparo se me presentó tranquila y afectuosa; en vano busqué alrededor de sus ojos ese círculo lívido que imprime una noche de insomnio y de fiebre.
En vano esa palidez vaga del cansancio.
Amparo estaba fresca, sonriente; parecía feliz.
—¿Has dormido bien?—la dije.
—¿Y por qué no? nunca se duerme mejor que cuando nada se desea, cuando se ha obtenido todo lo que se anhelaba: ¿y tú Luis? estás pálido, pareces triste; si continúas así, creeré que te has sacrificado a mi felicidad.
—¡Oh! no: yo creía que tú... que sufrías; pero veo con placer que me he engañado; te prometo dormir esta noche tan bien como tú.
—Pues tranquilízate completamente, me contestó; yo nada deseo, nada quiero más que tu amor... tu amor tal cual le siento, tal cual yo le siento por ti; hermanos, siempre hermanos; dos y uno... ¿no es cierto que es una felicidad que podamos amarnos de este modo?