—¡Oh! si el mundo conociese la verdad de nuestra posición, ¿qué diría?

—Se burlaría de nosotros, porque el mundo, que nunca profundiza, que nunca pasa más allá de las apariencias, es muy injusto, o por mejor decir, muy ciego. Pero si el mundo supiese que entrambos hemos amado y sufrido; que de nuestro sufrimiento y de nuestra lucha sólo hemos sacado la conciencia ilesa, comprendería nuestra mutua posición; tú has dejado enterrado tu amor en el lodazal de tu juventud; ha muerto allí sofocado, no existe para ti; yo amo a un fantasma imposible y entrambos, con el corazón vacío para ese amor ardiente, que Dios ha puesto en el alma del hombre y de la mujer, satisfechos el uno del otro, nos apoyamos mutuamente y nos amamos con un amor infinitamente más puro. Debemos, pues, dar gracias de nuestra felicidad a Dios.

. . . . . . . . . . . . . .

¿Me había yo engañado la noche antes?

¿Era en efecto feliz Amparo?

¿O era que tenía tanta fuerza, tanto poder para ocultar su sufrimiento como para soportarle?

. . . . . . . . . . . . . .

Nunca me pareció un día tan largo.

Cuando nos separamos aquella noche ya bastante tarde, corrí a mi acechadero.

Amparo no estaba inmóvil como la noche anterior; tenía un cofrecito sobre la mesa y sacaba de él papeles escritos, que leía y ordenaba.