Amparo con la cabeza inclinada sobre el pecho, lloraba leyendo aquellos papeles.
Lloraba de una manera desconsoladora, comprimiendo sus sollozos.
¿Era que la noche antes, sobrecogida, aturdida del golpe, por llamar así su casamiento conmigo, la intensidad del dolor había comprimido sus lágrimas, anegado sus sollozos?
Era indudable que Amparo se rendía a su dolor.
Era indudable que Amparo sufría una desgracia inmensa.
Y leía y releía aquellos papeles.
¡Cartas sin duda del hombre a quien amaba!
Después vi en sus manos un medallón que sacó también del cofrecito, parecía un retrato.
Amparo le estrechó contra sus labios, le separó de ellos, le miró de una manera ansiosa, y exclamó:
—¡Oh Dios mío, Dios mío! ¡tened compasión de mí!