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Se puso a escribir lentamente.

Con mucha frecuencia se abstraía y pasaba sin escribir un largo intervalo.

Luego volvía a escribir.

Pasó así gran parte de la noche, y después recogió en el cofre los papeles y el retrato, guardó cuidadosamente el cofre en un armario, se desnudó y desapareció tras las cortinas de su alcoba.

Yo no supe ya qué pensar de Amparo.

Pero me cubrí con el más perfecto disimulo, como ella se cubría conmigo.

Nos tratábamos como si hubiéramos vivido juntos desde nuestros primeros años.

Las gentes nos creían el matrimonio más feliz del mundo.

La tranquilidad aparente de Amparo cuando yo era testigo de su agonía nocturna, de sus lágrimas y de lo intenso, de lo vivo, de lo inalterable de su amor hacia aquel hombre, que era para mí un misterio, la tranquilidad ficticia de Amparo, repito, me irritaba.