Durante un mes pude sufrir la lucha entablada entre mi razón y mis celos; pero llegó un día en que me estremecí.
Empezaba a perder la razón; antes de perderla enteramente tomé una resolución decisiva; la de separarme de Amparo, que era para mí un tormento y un peligro, con el pretexto de un viaje para ir a visitar a mi tío.
Amparo nada me dijo cuando la anuncié este viaje, más que las siguientes palabras:
—Espero que volverás pronto.
Aquella noche salí de Madrid en una silla de postas.
Mi resolución era, no volver a ver más a Amparo.
Pero para cumplir una resolución es necesario ser dueño de sí mismo, y yo no lo era.
Parecía... voy a procurar explicarme: parecía que mi alma había quedado fuertemente asida a Amparo, y que cada vuelta de las ruedas de la silla de postas que me conducía, estiraba mi alma, haciéndome sufrir un tormento inexplicable.
Llegó un punto en que no pude resistir más.