Habían pasado algunas horas de una tortura aguda que se hacía más dolorosa a medida que me alejaba de ella.

Mandé al conductor que volviese a Madrid.

Luego, le ofrecí una recompensa por cada minuto que ganase.

La silla de postas volaba.

Yo me había propuesto apurar mi destino cediendo sin resistencia a los impulsos de mi corazón.

Había resuelto quitarme mi doloroso disfraz y morir poseyendo a Amparo.

A medida que este pensamiento tomaba consistencia, estimulaba al conductor prometiéndole más.

La silla apenas tocaba con las ruedas al camino.

A pesar de esta agudez no pudimos llegar a Madrid hasta el medio día.

Cuando llegué a mi casa, subí anhelante las escaleras como si hubiese estado mucho tiempo ausente de ella.