Dominado aún por la fiebre entré en las habitaciones de Amparo.
No estaba en ellas.
Pregunté a mi ayuda de cámara, y me dijo:
—La señora acaba de salir.
—¿Y adónde?
—Han traído una carta y la señora apenas la ha leído se ha puesto pálida, ha pedido a Teresa una mantilla, y con el traje de casa, acompañada de la misma Teresa, ha salido precipitadamente.
—¿A pie?
—Sí, señor, a pie.
—¿Y no sabe usted adónde ha ido?
—Nada ha dicho la señora.