Despedí a mi ayuda de cámara y me quedé solo paseándome por mi cuarto, aterrado, sintiendo no sé qué recelos.
Yo no sabía qué pensar de Amparo; era para mí un misterio.
De repente una idea poco digna, pero disculpable en la situación en que me encontraba, me llevó a su dormitorio:
«En el armario me había dicho, encierra el cofrecillo donde tiene el retrato que besa, y los papeles que lee llorando. Si es necesario forzaré el armario y conoceré a ese hombre, leeré esas cartas, sabré a qué atenerme.»
Afortunadamente no me vi obligado a violentar nada: el armario tenía puesta la llave en la cerradura.
Antes de abrir el armario, cerré las puertas para evitar una sorpresa casual de los criados.
Luego abrí temblando el espejo que servía de puerta al armario.
En una tabla, cuidadosamente pegado a un rincón, estaba el cofrecillo.
En aquella misma tabla había otro objeto.
Un gancho de trapero.