El gancho representaba su pasado.

Acaso el cofrecillo constituía su presente.

Acaso yo al abrir aquel cofrecillo determinaría su porvenir.

Cuando el porvenir es sombriamente misterioso, tememos conocerle: como el preso por una causa grave teme conocer la sentencia del juez.

Durante algunos minutos vacilé; dudé si debía desentrañar el misterio que guardaba aquel cofrecillo, o si prefería la duda a la verdad.

Tres veces extendí mi mano hacia el cofrecillo, y tres veces la retiré.

Pero por terrible que sea la verdad es preferible a la duda.

Me apoderé al fin del cofrecillo, le puse sobre la mesa y le abrí.

Al abrirle mi corazón no latía.

Lo primero que vi fue un pequeño estuche.