Le abrí y encontré... la cruz de brillantes que le había regalado el día que por primera vez almorzó conmigo.

La existencia en el cofrecillo de aquella cruz, me dio no sé qué aliento, qué esperanza vaga, qué alegría íntima.

Luego seguí en mi inspección:

Buscaba el retrato y le hallé cuidadosamente envuelto en un papel muy usado.

Necesité hacer un violento esfuerzo para mirar aquel retrato; pero cuando le miré...

¡Oh! ¡Dios mío! ¡cuando le miré creí morir!

El retrato que Amparo besaba llorando; que estrechaba contra su corazón y contra sus labios contemplando el cual pasaba inmóvil hora tras hora... aquel retrato...

¡Aquel retrato era el mío!

. . . . . . . . . . . . . .

¿Me habría yo engañado?