¿Habría otro retrato en el cofrecillo? sería aquel otro el que besaba Amparo.

Revolví, busqué y encontré otro retrato.

Pero era un retrato de mujer, y tenía el marco negro.

Yo estaba seguro de que el retrato que besaba Amparo estaba contenido en un medallón dorado.

Aquel retrato era el mío.

. . . . . . . . . . . . . .

Sentí una vaguedad fría en mi cabeza: mis ojos se oscurecieron, no pude sostenerme de pie, y me senté en el mismo sillón en que ella se sentaba.

Y allí, replegado sobre mí mismo, con la cabeza entre mis manos, creí revolviendo mi destino; pasar mis dudas y mis celos; calmarse lentamente mi desesperación; desaparecer mi presente de hacía un momento, e ir creciendo aquel mi otro presente que hacía un momento había nacido.

Sentí comprimirse mi corazón, como necesitado de arrojar de sí un peso insoportable, y luego sentí que mi corazón se dilataba y lloré en un llanto largo, tranquilo, dulce, toda la hiel que había ido depositándose en mi corazón.

Y luego me sentí inflamado de un fuego dulce, para mí desconocido; de un fuego que parecía aislar dentro de sí mismo mi alma, purificarla, levantarla hasta el cielo; pareciome tenerla en contacto con Dios, bendecida por él; luego me sentí completamente abstraído, espiritualizado, fuera del contacto de todo lo terreno, y pareciome tocar con mi espíritu el espíritu de Dios, del Dios justo y bueno que premia a los que lloran; y creí en Dios y le confesé con la inmensidad de mi pensamiento.