Y ya no dudé, no: y al consagrar mi felicidad a Dios, me alcé fuerte y tranquilo, lleno de vida y de juventud y de esperanza.

Aquel sueño de redención y de paz había pasado, y su reciente recuerdo difundía en mi ser una calma inefable; ya mi aliento no salía ronco y fatigoso de mi pecho: la vida me era fácil: el sol que penetraba por las ventanas del jardín, tenía color de gloria: mis ojos veían luz: mi pecho respiraba aire: parecíame que el espacio era armónico, que todo me sonreía, que todo se asociaba a mi felicidad.

Al fin había encontrado aquel amor infinito, necesidad ardiente de mi alma.

Al fin Dios me dejaba ver el ángel de fuego que debía ser paz y mi gloria sobre la tierra.

Amparo me amaba.

Yo era el hombre más rico de la tierra; todo lo que había ansiado lo tenía.

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Los que no hayáis amado con toda vuestra alma y sin esperanza, no podéis comprender lo que acabo de deciros.

Os reiréis de mí, y creeréis hacerme mucho favor llamándome solamente loco.