Escribo estas últimas líneas en el lecho.
Apenas tiene fuerza mi mano para sostener la pluma.
Tal vez ese hombre no llegue a tiempo.
Oídme por la última vez:
No dudéis de Dios: si sois desgraciados, aceptad resignadamente la desgracia: si Dios os da la felicidad, no os hagáis indignos de ella; y nunca, oyendo la voz de vuestras pasiones, siguiendo a ese fantasma que se llama honor, echéis sangre sobre vuestra frente: sufrid y perdonad, no sea que os pregunte Dios cuando en un momento de desesperación le pidáis cuenta de vuestra desgracia:
¡Caín! ¿qué has hecho con tu hermano Abel?
. . . . . . . . . . . . . .
Aquí concluían las memorias del loco. Tuve la tentación de esclarecerlas, pero me detuvo el temor de encontrar en el esclarecimiento de estas memorias algo demasiado horrible.
Si hemos presentado a nuestros lectores una obra incompleta, perdónennos, porque no hemos podido hacer más.