Yo no gozaba allí; pero estaba mejor que en otras partes, porque allí al menos veía claro, y no estaba obligado a fingir ni a violentarme.
. . . . . . . . . . . . . .
Adelantaba yo maquinalmente a lo largo de una calle.
Aquella calle era corcobada de configuración y ciega de luces.
Hacía un frío de cuarenta grados y nevaba.
De repente brilló una luz a lo lejos, y un cuerpo humano proyectó sobre la pared una gigantesca sombra.
Y, sin embargo, lo que producía aquella sombra gigantesca era una niña.
Aquella niña era una trapera.
Iba sola, y la acompañaba un perro.
Yo llevaba en la boca un cigarro sin encender, y con intención de encenderle me dirigí a la trapera.