Inútilmente forcé mi organización, procuré gastarme.
Mi organización resistió como una máquina de acero.
Entonces me entregué resignado a mi destino.
Como si un genio fatal y poderoso se hubiese propuesto oponerse a mi voluntad, se me hizo imposible el suicidio, a no ser apelando al medio ruidoso y poco decente de levantarme la tapa de los sesos, o de hacerme matar en un duelo.
Me reduje, pues, a satisfacer las necesidades materiales, y no pudiendo vencer al hastío, le acepté con dignidad.
En este estado, pues, me encontraba a las tres de la mañana, aquella en que las calles de Madrid estaban cubiertas de nieve.
Salía yo de una de esas casas, donde todo es permitido, donde se ríe, se bebe, se habla libremente, se fuma y se está medio tendido y con el sombrero puesto.
Una de esas casas, en cada una de las cuales tiene abierta una candente y luminosa página el mundo.
Donde las mujeres se presentan tales cuales son, arrojada la careta del decoro.
Donde los hombres hacen gala de sus vicios.