La pobreza con todas sus consecuencias, acaso.

¿Qué esperaba?

¡Quién sabe lo que puede esperar una criatura!

La muchacha era toda ojos: unos hermosísimos, rasgados y elocuentes ojos negros.

Aquellos ojos se descataban de una manera enérgica, y parecían más grandes y más negros que lo que lo eran en realidad, sobre un semblante flaco, muy pálido, muy triste.

A pesar de la tristeza de aquel semblante, los ojos sonreían, pero con la triste sonrisa de la resignación.

Su mirada dilató mi alma, la hizo aspirar una pasión pura.

Yo creo que fue compasión hacia aquella niña lo que me hizo sentir su mirada.

Y a más de la compasión un no sé qué misterioso, que no era amor ni deseo porque ni deseo ni amor podía inspirarme aquella pobre criatura.

Sin embargo, han pasado doce años desde que la vi la primera vez, y aún no he podido olvidar su primera mirada.