Me sonrío con ella como se sonríe a un hermano querido.

Me dio paz con su mirada en el alma.

. . . . . . . . . . . . . .

Han caído dos lágrimas sobre el papel.

Siempre que las lágrimas asoman a mis ojos tiemblo de miedo.

Porque cuando mis ojos se arrasan, me sobreviene al poco tiempo uno de esos horribles ataques, en que no pudiendo resistir lo íntimo del dolor de mi corazón, grito y me revuelco, y me destrozo: y entonces vienen las ligaduras y el lecho de tormento y el horrible casco de nieve.

¡Me creen loco!

Es necesario pues olvidar, procurar olvidar; secar las lágrimas y esconder estas memorias.

La miré frente a frente, y ella me miró durante algunos segundos con una curiosidad infantil.

—Encienda usted, caballero, me dijo, levantando su farol y abriéndole.