Encendí mi cigarro.
Luego volví a mirar a la traperita que cerró el farol y se puso a rebuscar de nuevo con su gancho.
Yo, no sé por qué, permanecía inmóvil junto a ella.
—¿Cuánto ganas buscando trapos? la dije.
—Según: me contestó: diez cuartos, doce, dos reales. Antes se ganaba más; pero ahora... hay muchos traperos y pocos trapos.
—¿Y no tienes más oficio que éste?
—No señor.
—¿Y con diez cuartos te mantienes?
—Como pan unos días, y otros pan y queso. Además, la señora Adela gana otro tanto.
¡La señora Adela! Aquel calificativo antepuesto a un nombre hasta cierto punto aristocrático, causó en mí un efecto inesplicable.