—¿Quién es la señora Adela? la pregunté.
—Es una mujer que me ha criado.
Y al pronunciar estas palabras, creí notar en su entonación algo de doloroso, algo de impaciente, algo que revelaba que no era la señora Adela lo mejor del mundo para la traperita.
Comprendí que tenía delante una pobre existencia necesitada de amparo.
Nunca mi hastío de la vida llegó hasta el punto de hacerme indiferente a las desgracias ajenas.
Metí la mano en mi bolsillo y saqué una moneda.
Era una onza.
Yo había pensado darla un napoleón.
Sin embargo, alargué la mano hacia la niña y la entregué la onza.
La chica la tomó, probó su peso y se puso gravemente seria.