—¡Gracias, caballero! me dijo, devolviéndome la onza. Me basta con lo que gano.

Y se puso de nuevo a revolver y a buscar, guardando un profundo silencio, y visiblemente contrariada.

—¿Por qué no has tomado ese dinero? la dije.

La muchacha no contestó.

Me obstiné, y entonces, alzándose con una dignidad y una firmeza supremas, me dijo:

—Si no sigue usted su camino, caballero y me deja en paz, llamaré al sereno.

A tal arranque tomé mi partido: arrojé la onza en la cesta de la muchacha, y me alejé.

—Por favor, caballero, me dijo corriendo tras de mí y con acento entre suplicante y colérico: usted está equivocado y tira su dinero. Créame usted: tome usted su onza: yo le doy las gracias y... no hablemos más.

—¿Y de qué modo puedo yo hacer para favorecerte? dije volviendo y tomando la onza.

—Dios me favorecerá; esté usted seguro de ello. Dios y...