La muchacha calló, tembló y fijó una mirada ansiosa en el fondo de la calle.
Guiado por su mirada, miré y vi otra trapera que se acercaba.
—¡La señora Adela! exclamó la muchacha, y se puso con un ardor febril a su interrumpido trabajo, mientras Mustafá gruñía sordamente.
Tardó poco en llegar una mujer harapienta, alta, huesosa, como de treinta y cinco a cuarenta años, que fijó en mí una mirada insolente.
—¿Qué quiere este caballero? preguntó con acento de amenaza a la pobre niña.
—Me ha pedido fuego para un cigarro, contestó temblando la traperita.
Yo creí deber atajar la conversación.
—¿Es usted la señora Adela? la dije.
—Sí, señor: ¿qué se le ofrece a usted? contestó secamente.
—Necesito hablar con usted a solas.