—¡Ah! ¡Necesita usted hablarme! Pues vamos.
Y se puso en marcha.
Noté que la traperita arrojaba sobre aquella mujer y sobre mí, una mirada llena de ansiedad.
Seguimos la señora Adela y yo a lo largo de la calle, y nos detuvimos a la puerta de uno de esos cafetines, asilos de tahúres y vagos, cuya puerta se cierra a la hora prescrita en los bandos, pero que se abre durante toda la noche a todo el que llega.
Llamé, abrieron, y la señora Adela y yo entramos.
Nos sentamos junto a una mesa, y la trapera pidió aguardiente.
Entonces, a la luz de un mechero de gas inmediato, pude observar ciertos rasgos de distinción degradada en el semblante angular y huesoso de aquella mujer: del mismo modo, no era difícil comprender que aún era joven; que si parecía vieja, lo debía a excesos, y que en otro tiempo debió ser notablemente hermosa.
Sus manos, ese indudable signo, por el que se conocerá siempre a una persona distinguida, eran aún bellas: su mirada altiva y fija.
Estaba, pues, metido en una verdadera aventura.
—Me parece que adivino de lo que quiere usted hablarme;—me dijo mirándome con una extraña fijeza; y sin dejarme tiempo para contestar añadió:—sin duda se trata de Amparo.