—¡Se llama Amparo!
—Y es una hermosa muchacha: está flaca y sobre todo mal vestida; pero con un mes de buen trato...
—¡Y usted la vendería, la dije con repugnancia sin dejarla concluir.
—Hoy todo se compra y se vende, me contestó con sarcasmo: se vende el amor, se vende la amistad.
—¡Y se venden las hijas!
—Amparo no es mi hija, me contestó con precipitación y con acento singular. Hace catorce años la encontré en la calle.
—¿Y sus padres no la reclamaron?
—No.
—Pero si usted no es su madre, al menos la ha criado usted.
—Por lo mismo quiero que sea feliz, dijo la trapera con su duro acento, que me causaba una sensación fría, punzante, indefinible.