—¿Y para que sea feliz la vende usted?

—La mujer no es feliz más que vendiéndose; vendiéndose muy cara mientras es hermosa, arrancando al amor que compra, dinero para cuando sólo puede buscarse la caridad; ¡la caridad!...

Y después de haber pronunciado con acento de blasfemia su última palabra, se bebió de un trago una copa de aguardiente.

—Pues usted, la dije con desprecio, no ha sabido, por lo que se ve, aprovechar sus buenos tiempos.

—Es que yo no me he vendido, me contestó con una expresión singular: por lo mismo la vendo a ella.

—Creo que ella no piensa venderse.

—Hará lo que yo quiera.

—Pues bien: me encargo de esa muchacha.

—No me gustan las palabras de sentido ambiguo. Sepamos claramente de lo que tratamos. ¿Cuándo ha conocido usted a Amparo?

—Esta noche.