—¿La ha hablado usted?
—Muy poco.
—¿Y cómo entenderemos eso de encargarse usted de ella?
—Creo que puede ocuparse en otro trabajo más cómodo y beneficioso, que en el de recoger trapos.
—Sí, ciertamente.
—Por ejemplo: puede entrar en un taller.
—Es verdad: repuso aquella mujer, cuyo semblante se había cubierto con la expresión de la mayor reserva; pero es el caso, que cosiendo se gana muy poco, y que hay que pasar por un aprendizaje, durante el cual nada se gana.
—¿Cuánto suele durar ese aprendizaje?
—Acaso un año.
—No hablemos más: venga usted conmigo.