Pagué: salimos del café y llevé a aquella mujer a mi casa.

Mi criado Mauricio se asombró al verme entrar con tan mala compañía, y mucho más cuando me encerré con ella en mi gabinete.

—De hoy en adelante, la dije, puede usted contar con doce duros mensuales. Además, como supongo que carecerán ustedes de todo, tome usted estos dos billetes de a mil reales, y empléelos en ropas y utensilios. Todos los meses venga usted por la cantidad que asigno a Amparo.

—¡Gracias, dijo fríamente aquella mujer, y se despidió de mí.

Cuando me quedé solo, busqué el cuaderno donde estaban consignadas mis obligaciones, y anoté lo siguiente:

«Doscientos cuarenta reales para Amparo.»

Yo había hecho esto por temperamento, por costumbre, no por caridad.

Me acosté y me dormí.

Cuando desperté al día siguiente, había perdido el recuerdo de aquella aventura.