Entró Mauricio y me dijo:

—Ahí está una muchacha que pregunta por usted. Vino a las diez y ha vuelto otras tres veces a ver si se había usted levantado.

—¡Una muchacha! exclamé con extrañeza.

—Sí, sí, señor, y no es maleja: dice que se llama Amparo.

—¡Ah! Que entre, que entre.

Poco después entró Amparo.

La acompañaba su perro.

Venía peinada y limpia, pero muy pobre y muy ligeramente vestida.

Me saludó con gracia y con la misma digna lisura con que hubiera saludado a un conocido antiguo.

Sonreía tristemente y estaba encendida, sobreescitada.