El perro fijaba en mí una atenta e inteligente mirada.

—Perdone usted, caballero, me dijo Amparo, si he venido a incomodarle, pero he creído que debía venir a verle.

—¿Y por qué, hija mía?

—¿Por qué? ¿Con qué objeto ha dado usted dinero a la señora Adela? me contestó con precipitación y con vergüenza.

—No hablemos de eso, la dije, la señora Adela lo sabe.

—Nada me ha dicho, sino que ya no recogeremos más trapos; que compraremos vestidos y camas.

—¡Cómo! ¿No teníais camas?

—No, señor: ese es mucho lujo para nosotras, dijo sonriendo tristemente: cuando se ha trabajado mucho, y sobre todo, cuando, se está acostumbrado a ello, se duerme muy bien sobre un ruedo.

De la misma manera que otros se muestran neciamente soberbios con su opulencia, Amparo se mostraba noblemente orgullosa con su miseria.

—Y bien, repuse: si nada te ha dicho esa mujer, ¿cómo sabes que yo la he dado dinero?