Ni yo podía pensar de otra manera: la corrupción de la mujer por medio del oro, me repugnaba: la rechazaban mi corazón y mi dignidad, y como jamás pensamos voluntariamente en lo que nos repugna, ni reparé que en Amparo existían los gérmenes de una gran hermosura, ni me incitó su pureza, ni miré en ella más que un ser débil digno de protección.
Por lo mismo, me apresuré a tranquilizarla respecto a mis intenciones.
La hablé con la elocuencia del sentimiento, con su forma poética, porque estaba seguro de ser comprendido por ella: con toda la espontaneidad de mi franqueza y de mi desinterés, y logré que Amparo se tranquilizase completamente.
—¡Ah! me dijo con los ojos arrasados de lágrimas: ¡Dios se lo pague a usted!
Y Amparo me asió las manos, las estrechó contra su boca, y las cubrió de lágrimas.
Después salió.
Mustafá, que durante esta escena había estado echado sobre la alfombra, se levantó, me miró, movió lentamente la cola, y siguió a la niña.
Empecé a sentir una vaga, pero dulce ansiedad: Amparo había causado en mí una impresión profunda, me había hecho experimentar una sensación desconocida.
La recordaba (no podré deciros de qué modo) pero su recuerdo me dilataba el alma.
Era el amor de un padre satisfecho de su hija.