Dejé de pensar en la muerte.
Me detuve en el camino del suicidio.
Dejé de concurrir a los lupanares.
Arreglé mi vida.
Causé una dolorosa sorpresa en mis administradores, anunciándoles que iba a dedicarme al cuidado de mis intereses.
Hice todo esto bajo la influencia de este pensamiento:—He adoptado a un ser a quien debo procurar hacer feliz.
Amparo había hecho en mí una revolución: me había reconciliado con la vida.
En recompensa, yo varié de plan respecto a su porvenir: la práctica de un oficio mecánico me parecía indigna de ella.
Aspiraba en su nombre a más.
Algunos podrán creer esto exagerado; sí lo es, está en armonía con la exageración de mi carácter; yo siento de una manera poderosa, y para sentir me bastan pocas impresiones.